La mente no prescribe en el tiempo y tiene como compañero de viaje, en este punto del planeta azul -licuándose-, al cuerpo que le tocó despertar para que se entregue a la rutina de ejercicios y abluciones que hacen renegar a mi trasunto, el jovial Chancholovo, cual amanece hambriento y con el síndrome de un apóstata que ha puesto el olfato en la fanesca de Semana Santa… El joven delira por saborear la fanesca, sueña con ella; “qué rica suerte la suya, se trata de un amor salvaje sublimizado”, me diría el analista del casco patrimonial de la urbe quiteña, Genaro Bustamante.
Saltas a la luz con el nombre que te dio tu jornada vigente,
desayunando vísceras arrancas el jueves del solitario andante.
Música de río púber,
vástago galopante,
fruto de náyade y cerro.
¡Solo trashumar por los chaquiñanes
que enriquecen el instinto emancipador!