Lester, en esta su “fallida ascensión al refugio del Illiniza Sur por la arista del Calvario…”; tan pronto anda con aquellos dos y ya le tiene un nombre a su desventura que se podría hacer una aventura a la manera de “La fallida ascensión del Aqueronte al Rucu-Pichincha…”, cuyo título completo le es imposible acordarse, a pesar de lo gracioso que le viene cada vez por la vida propia que ha tomado la anécdota, ¿anécdota?, que Lovochancho y Kantoborgy la han convertido en una ficción cinética de tanto repetirla verbalmente -corregida y aumentada-.
Lovochancho estima sobremanera la deferencia que le guarda Pincho, se siente más liviano en su compañía, hace rato que se desvió a la derecha de la arista del Calvario y sigue la sesgada vía que lo pondrá directamente en el filo noroccidental de la Tioniza, sobre las escarpadas breñas que coronan un cúmulo geométrico de rocas formando una escalera para gigantes.
Estando aquí se desconfiguró la visión ideal que tuvo de los consortes Illiniza y Tioniza, aquella pintura que lo embelesó a través del libro de fotografía de montaña, Los Andes de la profundidad, de Manuel Figuerola. No es lo mismo estar aquí, luchando contra los elementos, que deleitarse “ojeándolo y hojeándole a Los Andes de la profundidad”, durante el tiempo de retrete que medió entre la visita que hizo al Guagua y este presente.
Hace unas semanas asistió a la primera sesión budista para ejecutivos -no al borde sino transitando en el filo de una explosión de nervios-, por la recomendación explicita que le hizo JP, un ex sacerdote, cual de cura ranclado pasó a ser un ciudadano positivo derivando en fanático de la tecnología y de esto a ser vendedor ejemplar de computadoras. Este sujeto ahíto de modernidad, desconociendo el pasado del hombre que en su niñez experimentó la quietud búdica, le aconsejó la puerta de escape oriental.
El Chico Silencio, cual imberbe e infantil Buda en estado de iluminación, no emitía vocablo alguno en su encierro de banca y pizarrón cristianos, sin ser perturbado en su introspección por sus preceptores. A la hora de rendir los exámenes escritos de evaluación pertinentes a su grado educativo, respondía como si hubiese sido el más atento y participativo de los alumnos, mostrando una inteligencia prodigiosa para su tierna edad.
Lester González, minutos después de haberse echado a andar (en la inmensidad de las estribaciones medias de los montes Illinizas, donde la amplitud del silencio y el horizonte agreste lucen inconmensurables comparándose a lo que percibe el profesor Duvolosky en el Parque Metropolitano), no volvió a ver un pelo de Kantoborgy, éste se internó en la montaña dejándole a su imaginación la figura zoológica que le apetezca darle. El gótico le trae la figura de un felino de risco, diseñado para reinar en la austeridad de lo evolutivo. Como no ha venido a este bosque a forzar una meta de altitud sino a gozar plenamente de esa sensación de ruptura con sus hábitos y costumbres ejecutivas partiendo en dos la semana, por el miércoles, puede tomarse todo a su rededor para hacer el ejercicio mental que tiene negado en su atareado día inteligente, en el que obtiene cosas que no le dan alimento alguno a su alma.
Algo más que sufrir la montaña lo trajo acá, está no negando ni afirmando, sino investigándose a sí mismo. Parecido a lo que el ufólogo Duvolosky pregona infatigablemente en los medios a su disposición, cuando juzga pertinente hacerlo por inercia de su oficio de caza-alienígenas. Así, Duvolosky, sale al aire periódicamente desde los cuartos de las ondas carismáticas de “La voz de Culincho Sutil” porque a radio Marañón aún no le invitan a pisar sus regias instalaciones de el domo de El Panecillo -sólo un puñado de aristócratas tiene acceso a ellas-, aunque allí le queda la palabra y es bienvenido a intervenir con ella, vía telefónica.
Lovochancho entre la muchedumbre de la Plaza Grande, pasa como un individuo grave, patea la ciudad vieja con prosa. Lester González afirma que éste se muestra como un natural de la urbe, -al contrario de Kantoborgy-, cuando serpentea por las callejas coloniales que Genaro Bustamante dice jamás va a abandonar, pues, es de la clase de ciudadanos que practican los principios fundamentales de la no-confusión, o sea se resiste a ser parte de los que confunden, en el laberinto callejero, su pasaje a la libertad interior.
De antuvión, un hato de reses desciende por el bosque de árboles de papel para internarse en tropel por el pajonal; más abajo el verdor de los valles resume el agua de los últimos glaciares. Y el can atrás de los rumiantes, encendido por el deber y el prurito de expulsarles del jardín bajo las cumbres, cuales se tornarán borrascosas a partir del medio día, según los pronósticos de Kantoborgy. Pincho se frena antes del pastizal y, abandonando a los bovinos que van al descampado, regresa a recibir las palmadas del amigo Lovochancho. “Vaya honores que me concedes, don Pincho; ya que estás otra vez conmigo harás el favor de no abandonarme tan rápido, sabes que nosotros ganamos altura a paso de tortuga laúd en tierra, pero al cabo avanzamos así que sigue acompañándome un buen trecho antes de que vayas a buscar al pata de lobo de tu amo. ¿Dónde andará el maldito?, ya debe de estar haciendo la travesía de la cañada que separa a los consortes Illiniza-Tioniza”.
Lovochancho escucha los ladridos de alerta de Pincho, éstos vienen de arriba de la zona que enseña los letreros invitando a los visitantes a disfrutar de los dispersos bosques de polylepis, asentados sobre las estribaciones medias de los montes Illinizas. Avanza por el jardín de musgos y líquenes acariciados por el rocío, los gorriones andinos le cantan al frío amanecer; alzando a ver se encuentra con el sobresaliente cuadro de nubes estriadas navegando en el fondo azur que contiene a las dos pirámides estratovolcánicas. “¡Oh alimento estático del andinista!”, aulló.
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