December 29, 2009 | Author: Juan Arias B Leído 1572 veces. [Invita amigos/ Mail to a friend]
Bajo la cara occidental de la pirámide azulada del Rucu Pichincha, se observa la figura difusa de un cánido; éste viene descendiendo en sesgo, cortando el empinado arenal que ha amanecido sin huella humana. La mañana está reverberando sobre el pajonal y, Lester González, rompiendo el orden descendente que ha venido implementando en sus “miércoles subversivos”, apostó a subir hasta el collado que le recomendó Kantoborgy, y ahí saciarse de la cara occidental del Rucu Pichincha que no ha visto desde su panorámico hogar.
Encaramado sobre una colina clase A, en su lujoso ático, ha tenido a su disposición, a golpe de ojo, parte de la faz oriental de la misma roca cimera del Rucu; mas al volverse una costumbre ese cuadro volcánico, perdió su intensidad primigenia, hasta serle indiferente incluso bajo amaneceres majestuosos. Le aconteció que había dejado de admirar ese paisaje nevado, las altas cumbres pintando de invierno el filo del macizo que vio nacer y desparramarse por la hoya de Quito a la urbe capitalina. Es curioso, ha vivido años al pie de Los Pichinchas, apenas a trece kilómetros de la boca hirviente del Guagua, y, sólo cuando este volcán hizo una erupción de baja intensidad, deslumbrando al género humano que observó kilométrico hongo gris ascendiendo a los cielos -cual sirvió para una fotografía perdurable-, tomó conciencia de que está residiendo en el cinturón de fuego de la Pacha Mama y que es un sujeto inerme ante los fenómenos planetarios. Por esos días se exportó la imagen del volcán haciendo una manifestación de fuerza que no llegó a mayores, pues, más allá de las molestias de la ceniza y el estado de alerta, naranja, en la metrópoli, los montañeses capitalinos pronto olvidaron el poder letal de los volcanes activos que dan gracia a los valles andinos.
A la idea de la fenomenal energía que puede detonar el Guagua -superado el susto que hizo unos días interesante el medio ambiente que rodea al ejecutivo de Ecuainforme S. A.-, le sucedió nuevamente el desamor al mundo salvaje y, sus sentidos, retornaron al servicio de la superficialidad de sus quehaceres arribistas. Eso del contacto espiritual con el “Todo” a través de viajes sufridos a las montañas era para los artistas del hambre, y él estaba ocupado con hacer el suficiente billete para su “retiro campesino”; escudándose en lo que no se cansaba de decir que es “hacer niñerías”, no salía de la ciudad ni para ir a esas hosterías rurales de lujo que le recomendaba JP en aras de tomar buenos aires con una moza bonita. No requería de áreas verdes para montar su farsa de amor campero en su residencia capitalina, rehuyendo así a cualquier compromiso durable mediante las caricias que le prodigaban las ciudadanas que se prestaban gustosas a ese teatro pasajero disfrazándose de campesinas. Huía de lo que hubiese alimentado su imaginación de una, huía de este andar y ver que le infirieron los montañeses-montañeros, el que hoy está paladeando con ojos de águila posándose en suculenta raposa. Es formidable la aclimatación que su cuerpo goza este instante en la media montaña, sus pulmones se han ensanchado tanto desde la primera excursión que hizo al Guagua. Le da alegría, orgullo y coraje, el contrastar el deplorable estado físico del bípedo callejero de ayer con el saludable físico del hominino senderista de hoy. Siente placer acordándose de cómo apenas bajándose del todoterreno se metió prisa por subir, y caminó quince minutos hacia arriba y se quemó sin alcanzar siquiera a posar la vista sobre la caldera hirviente del Guagua, cuando creyó que de golpe podía dar grandes zancadas -“cual ejecutivo buscando el ascensor”-, y a poco se derrumbó bajo el látigo del soroche. Esta mañana, en su segundo encuentro con la línea que une a Los Pichinchas, viene pletórico de fuerzas, hasta se dio el gusto de hacer cortas progresiones sobre el ondulante pajonal y, con Pincho –el can con el que mutuamente se hicieron ascos en su primer encuentro volcánico-, ya se prodigan una amistad de iguales.
Kantoborgy, Pincho y Lester González, se reunieron al tope del mullido y blanco arenal que baja a occidente partiendo de las murallas grises que han formado las rocas erosionadas del estratovolcán, siendo el último paso dentado antes de tomar el arenal que sube a la cresta azulada del Rucu. Ellos se arroban al abrigo del atalaya que alternativamente vigila el valle del Ensueño y el espolón occidental del Rucu. Kantoborgy no esconde sus ganas de echarse sobre la suave y tibia arena de ese remanso llamándole a gozar de las lejanías como si estuviese contemplando desde el palacio de Galadriel; ya saborean sus ojos la playita que lo invita a irse con los filos de la gradiente andina descendiendo a la sabana costanera, ya presiente que el calorcillo de altitud quiere darse un abrazo con el sudor de los trópicos del océano Pacífico.
-Acomódate como más te agrade y convenga, amigo Lester; descansa nomás, tenemos horas de sobra para disfrutar de la mañana… ¿Qué te parece esta playita de altitud; es digna de la imaginación de Lovochancho, o no? –inquirió, ameno, Kantoborgy.
-¡Cómo no!, ya que me hallo curado del espanto y la estridencia citadina puedo sentirlo así. Ayer, Lovochancho, me hablaba de cuadros semejantes a este cuando yo ni siquiera era capaz de admirarme, desde los ventanales de mi piso panorámico, con un aguardiente de las verdes matas adentro y hundido en la placidez de mi sillón favorito, de un atardecer veraniego cerniéndose sobre Los Pichinchas. Por eso no sabía de que iban sus ficciones lanzadas al ciberespacio y creía que para ver en ellas tenía primero que mandarme un alucinógeno, y todo debido a que me daba miedo a encontrarme a mí mismo mediante ese lenguaje que me había obstinado en despreciarlo por eso que ya sabes de la larga lucha que dio el memorioso “chico silencio” para conquistar el olvido del triple-ingeniero… Es cierto, uno aquí, en soledad, puede imaginar lo que uno desea. Sí, yo así lo quiero enfocar a este vallecito ahora, y veo que estamos ante una transmigración de una caleta del Caribe a una playita a 4.600 metros sobre el nivel del mar… A propósito de visiones, ¿no sé si viste a ese perro bajando por el arenal de la cumbre del Rucu; me pareció un lobo enorme, qué clase de bestia será ésa? -replicó, interrogando a su vez, Lester González; ya tomando posesión de su espacio para relajarse sobre el rellano de arena, apoyando la espalda en una mata de paja se solaza con Pincho que se revuelca gruñendo de placer.
-¡Ya somos dos que lo hemos visto, e igual a mí se me antojó dibujarlo como un lobo blanco con una cabezota de roedor! -exclamó Kantoborgy hilarante, y añade dirigiéndose a Pincho-: Éste parece que todavía no ha percibido a su congénere, probablemente el olor de ese can se disperso con el aire que sopla hacia el norte. En todo caso, es mejor que no llame la atención de la nariz de Pincho si lo que observé es mismo un cánido enorme...
-Cierto, no… Date cuenta si ese animal resulta ser el macho imponente que ambos coincidimos en imaginar de lejos, podría armarse una batalla canina de impredecibles consecuencias –acotó Lester González.
-Sí, por eso tomé la decisión de esconderme bajo el castillo y no seguir por el escarpado arenal hacia la roca cimera del Rucu; me hizo recapacitar Pincho, su condición de alfa-más lo hace ser dominante, y si el otro perro es de la misma casta se trenzarían a mordiscos, quién sabe precipitándose en los abismos –repuso Kantoborgy.
-Esa criatura lo pone a especular a uno, ¿y si es nuestro yeti ecuatorial y no se trata de un perro? –aulló Lester a manera de chanza.
-Vayamos más lejos aún, suponte que sea un visitante interplanetario sediento de que lo investigue el profesor Duvolosky –asentó Kantoborgy haciéndose eco de las ganas de bromear del otro.
-¡Qué figura es nuestro ufólogo Duvolosky! –continuó divertido Lester González, mientras en el valle del Ensueño resuena el mentado “¡investíguelo!”, ese que suelta el profesor Duvolosky para no caer en discusiones extenuantes sobre sus creencias extraterrestres-. Te acuerdas que antes se ponía furioso cuando recibía la crítica de los incrédulos, los tales que rechazan la existencia de inteligencia extraterrestre; ahora ya no se hace problema, se protege bien contra los que dudan del fenómeno alienígena pidiéndoles que no lo nieguen ni lo afirmen sino que lo investiguen. Lástima que no es político, ¡sería un gran político!... Tú que eres asiduo huésped del domo de El Panecillo, ¿por fin le invitaron a conocer sus instalaciones dionisiacas al ufólogo o todavía prosiguen cerradas sus puertas para el tal?
-Escuché…, -¿o fue una alucinación?-, a la viva voz de Olegario Castro que le dijo al profesor tenga paciencia, que cualquier momento se le abrirá ese arcano para que investigue a placer dentro de él –asentó festivo Kantoborgy, pues, le divierte todo lo que atañe a esa obsesión que tiene Duvolosky por el misterio que encierra el domo de El Panecillo.
-Me enteré que la curiosidad del ufólogo se exacerbó a partir del “lanzamiento” del fenómeno ES, en las ondas largas de radio Marañón, cuando el profesor Duvolosky hizo públicas sus reservas sobre lo que realmente se conoce y se encierra dentro de la morada del andinista radiodifusor –dijo Lester y añade parodiando al profesor-: “Le he pedido, muy comedido, al señor Olegario Castro, que me reciba en el domo de El Panecillo con el fin de cruzar información pertinente a la cuestión alienígena, pero de forma sistemática ha sido rechazada mi solicitud remitiéndome éste un silencio sepulcral. Más allá de que puedo intervenir con libertad, vía telefónica, en las ondas lechuceras de Marañón, continúo esperando se me invite a pasar al misterio que guarda dentro el domo de El Panecillo, del que se mantiene a prudente distancia a los intrusos mediante el ¡detente! que lo hace inexpugnable. Si uno traspasa el círculo de seguridad de la nave… –a veces, el mismísimo Olegario Castro, así la da en llamar a su morada- es presa de las contracciones que provoca la risa loca; el ¡detente! hilarante del escudo psicológico impide así el ingreso de extraños a los cuartos del domo de El Panecillo, haciéndonos retroceder con prontitud, entre sonoras carcajadas, que no provienen sólo del excluido sino de las personas que están ahí presentes curioseando y celebran la cosa como si ellos fuesen los autores del chasco. Olegario Castro no me deja entrar a esa edificación futurista, para cerciorarme con mis propios ojos de que no fue levantada con tecnología extraterrestre...”.
-Carajo, amigo Lester, celebro que hayas retomado tus dotes histriónicas de antaño, hablas igualito al profesor Duvolosky, así como cuando remedabas al Aqueronte… Ahora que, Olegario Castro, sí aclaró en las mismas ondas lechuceras de Marañón su posición frente al fenómeno ES, dijo cosa muy parecida a esto: “A quien le concierna…, yo no afirmo ni niego el testimonio Espaciales Saponáceos, pero tampoco lo investigo para nada, eso sí simpatizo con esa versión amazónica de lo extraterrestre por la belleza que su relatora le imprime, ¡Dios bendiga a la mujer danesa!…” –concluyó, Kantoborgy, poniendo jocoso énfasis en lo de la exaltación que hace Olegario Castro de la herpetóloga Jitte.
Los tres mamíferos se adormecen con el perfume de Afrodita celeste que despide el vallé del Ensueño, éste los ancla en los aires femeninos que brotan de los verdes humedales perdiéndose con el recodo de la vertiente que desciende a la costa. Se mecen en los cálidos aromas del océano Pacifico subiendo a la playita de altura. Olores cautivantes penetran por las rendijas del soleado castillo. Kantoborgy sonríe figurando por acá a Lovochancho; éste no se resistiría a soñar y hundirse en la brisa venusina olvidándose de cualquier reto cimero, y le daría por aullar regodeándose con el eco de la montaña: ¡Dulcinea..., Dulcinea! ¿Dónde estás? Menos mal que no está aquí con ellos el matemático guangopolero, cómo se hartaría grabando para sí el óleo diletante del “supremo escalador” junto al triple-ingeniero y Pincho, los tres rendidos al prurito de contemplar los verdores andinos bajando por la gradiente que desemboca en la carnosidad de los trópicos.
Kantoborgy envió mensajes al ciberespacio de Lovochancho, invitándole a éste a hacer la vía occidental del Rucu Pichincha, pero no hubo respuesta desde las faldas del luminoso Ilaló, donde habita el hombre al que le pagan por hacer estadísticas sin salir de su nicho arbóreo. Sospecha que a Lovochancho le entró deseos de variar y se fue al Sincholagua, “solito y de vivaque”, tal como venía amenazando que lo iba a hacer para después atacar al monte Corazón desde la vetusta estación ferrocarrilera de Aloasi Alto. Así también a Lester González le dio por subir a este remanso en vez de agarrar sendero abajo rumbo al valle de Lloa, yéndose en contra de su máxima “arriba no hay nada”, y se halló con la realidad de este remanso de altitud. Mientras que a Pincho le agarró por suspirar, tendido en la arena, por una Dorotea cuadrúpeda y no darse por enterado de que hay otro can merodeando en estas soledades, posponiendo el encuentro con lo impredecible. A él, Kantoborgy, con el pretexto del lobo con una cabezota de cuy que imaginó descolgándose de la cumbre, le entró el deseo irreprimible de dormitar sobre la arena que este instante la siente tan blanca, tan caliente y harinosa. Se regocija por haber desistido de subir por el lúgubre arenal cimero, su castillo ya tiene únicamente ventanas y balcones para el valle del Ensueño, esta playita lamiendo sus murallas lo invitó a rendirle tributo a la salida de engorde.
Por el desnivel a la costa, en los flancos de las montañas, se suceden retazos de bosque primario andino contrastando con el suelo pantanoso que yace en la hondonada simulando una firme alfombra verde. Esos cuadros vegetales del valle del Ensueño son hermosos para percibirlos a la distancia; hundirse en ellos es otro sufrir, andar por el medio de esa exuberante biodiversidad más que agotador es pasmante debido al efecto de los vapores narcóticos que sueltan los humedales.
Pincho, de súbito, se inquieta como saliendo de una pesadilla canina, emitiendo gemidos de ansiedad se para en sus cuatro patas y ventea estirando el cuello hacia arriba; todo él, de las orejas a la cola, se halla en posición de máxima alerta. Ya el ovejero se aleja en busca del irresistible aroma que lo atrae con dirección al valle. Kantoborgy relaciona que las feromonas, que el cánido ambulante debió dispersar en rededor del castillo, se hicieron realidad ante la nariz de Pincho con el mensaje químico pertinente. Haciéndole una seña a Lester González de ojalá no se arme un combate perruno, asume que el cuadrúpedo que los dos avistaron temprano no fue producto de una alucinación conjunta, y que, éste, no evitó un contacto con ellos, al contrario, los ha estado vigilando cada vez más cerca puesto que ya despertó la curiosidad de Pincho. Deduce que durante la siesta mañanera que se tomaron han sido observados atentamente por el cánido errante, de suerte que el contacto visual no tardará en efectuarse.
Kantoborgy y Lester González siguen los movimientos olfativos de Pincho, cual empezó a marcar sus feromonas aquí y allá. Tras unos minutos de tensión, los tres, al unísono, se paran de golpe para escuchar los tristes reclamos del can aún invisible. Kantoborgy reconoce por la voz del perro que no se trata de un ejemplar gigante como había imaginado sino que podría ser uno pequeño y sociable. Aliviado torna a ver a Pincho que parece haber encontrado la pista segura de su congénere y va a su encuentro, internándose por los matorrales, sin mostrar avidez ni belicosidad en su acción.
-Qué me dices, Lester, debe tratarse de un pequeño can extraviado… ¿Qué hacía en las alturas del Rucu el animalito infeliz, lo vi desprendiéndose de la roca cimera; quién sabe si subió con sus dueños por la cara oriental y repentinamente rodó por nuestro lado y se perdió de aquellos? –cuestionó Kantoborgy, presintiendo que algo emotivo iba a pasar cuando se enfrente a los ojos del perro que, involucrándose en su día, le dio un toque de sorpresa.
-Recién lo percibes como un can pequeño…, pero hace poco ambos coincidimos en pintarlo enorme cual lobo de la Siberia –sostuvo Lester González.
-Pronto sabrás que no me equivoco, es una cosa de perspectiva… De lejos puedes confundir fácil a un gato negro con una pantera, como le pasó alguna vez en el parque Metropolitano al Culincho Sutil… que sucede, sucede. A buen momento se te ocurrió subir, se te abren las puertas de la percepción en este valle del Ensueño –replicó Kantoborgy.
El ineludible contacto con el lobo blanco de cabeza de roedor se realizó; allí estaba agazapado, tiritando ante la incertidumbre de cómo iban a reaccionar los caminantes humanos y el can domesticado, pero con la suficiente entereza para jugarse su futuro de una vez. Finalmente el perro se presenta asaz disminuido en comparación con la soberbia imagen que regaló a los hombres a primer golpe de vista. Pincho, cola en alto, batiéndola amistosamente, rodea a su pequeño congénere. Kantoborgy sabe que no puede hacer otra cosa que abstenerse de intervenir, debe dejar interactuar a los canes por ellos mismos sino quiere arruinar el encuentro. Al cabo se enteran de que no se trata de un macho alfa sino de una joven hembra de cinco a seis kilos de peso frente a los cuarenta kilogramos de peso de Pincho. La chiquilla de a poco se fue desentumeciendo y entró en confianza con el macho que la revisó minuciosamente, sin dejar nada de su cuerpo bajo la lupa de sus sensores olfativos; tenía que cerciorarse que la hembra no estaba en el apogeo de su estro sino que ya había salido de ello. Igual, transcurrida la ceremonia de presentación, los canes, procedieron a prodigarse en una suerte de zalamerías mutuas que provocaron la carcajada de los humanos.
-Vaya buenamoza que tenemos aquí arriba; ahí donde la ves toda desgreñada por el trajín de su albur, ella se debe a una noble estirpe canina que data del siglo XV, sus ancestros provienen de las tierras altas de Escocia, es de una raza denominada Cairn Terrier –explicó con propiedad Kantoborgy.
-Castillos en las nubes, valles del ensueño, y ahora Pincho enamorado de una aristócrata que viene de las highlands del siglo XV, ¿qué más me va a dar esta mañana? –acotó risueño Lester González.
-Ahora toca ponerle nombre a esta dragoprincesa porque apellido ya lo tiene, ¿se te ocurre alguno?... –inquirió Kantoborgy.
-Este rato sólo tengo un apelativo para ella: ¡Fifiriche! –resolvió raudo Lester González.
-Sea… me agradó, entonces hagamos la presentación formal del caballero andino Pincho a la valiente dragoprincesa Fifiriche –contemporizó Kantoborgy.
-¿Y el apellido de la dragoprincesa, cuál es…, si es posible saberlo? –interrogó divertido Lester González.
-Fifiriche del Ensueño –replicó Kantoborgy, y, entusiasmándose con la idea de estar ante dos ejemplares de la aristocracia canina, añade alzando la voz-: Así te vamos a nombrar desde este segundo, y sabremos encontrarte un hogar donde no corras peligro con la feroz territorialidad de la hembra dominante de mi manada, Panda, que providencialmente no estuvo aquí. Fifiriche del Ensueño, te introduzco a Pincho II, mentado así en honor a su legendario tío, Pincho de San Agustín, quien perteneció al Saqueador de Quinara, el ausente doctor Teodoro Morris. Es menester enterarte que nuestro Pincho II, bajo el pedigrí que emitió en Malacatos el vate Alberto Vivanco, se lo denominó: Danus de las Verdes Matas, hijo de Vatigol de la Molienda de Dioniso, nieto del sin par Catón de los Arupos... Es decir, Fifiriche del Ensueño, te has topado con un personaje de abolengo como corresponde a tu alcurnia celta.
Más abajo, sobre la marcha, Kantoborgy, sigue dando pábulo a las cuestiones de rigor: ¿Qué le pasó a Fifiriche; cómo fue a dar a estos riscos siendo una perrita de familia, muy dependiente del género humano de urbe; acaso fue abandonada en la cara oriental del Rucu? Mejor es creer que ella resbaló para este lado, se extravío de sus dueños que subieron por el teleférico de la ciudad capital, y ellos este rato la extrañan y lloran su pérdida rogando que haya caído en manos samaritanas y no perezca de hambre en la montaña. Pincho se quedó atrás, bajando al paso sosegado de Lester González, no se interesó más por la hembra desde que constató que había pasado ya su estación de acoplamiento, y Fifiriche igual dejó de hacerle gracias a éste intuyendo que la decisión de sacarla de su extravío, en las fauces del Rucu, estaba a cargo del súper-alfa bípedo. Ella, usando su instinto de preservación, se ganó la voluntad de Kantoborgy poniéndose a trotar por delante de él, con una gracia y fluidez en su tranco montañero que denunciaba a sus antepasados celtas, le era innato eso de moverse bien sobre el piso rocoso e irregular de un volcán.
tags: Fifiriche+Ensueño, Pincho, Lester, Kantoborgy, De+montañas+hombres+canes, Juan+Arias+Bermeo,
Encaramado sobre una colina clase A, en su lujoso ático, ha tenido a su disposición, a golpe de ojo, parte de la faz oriental de la misma roca cimera del Rucu; mas al volverse una costumbre ese cuadro volcánico, perdió su intensidad primigenia, hasta serle indiferente incluso bajo amaneceres majestuosos. Le aconteció que había dejado de admirar ese paisaje nevado, las altas cumbres pintando de invierno el filo del macizo que vio nacer y desparramarse por la hoya de Quito a la urbe capitalina. Es curioso, ha vivido años al pie de Los Pichinchas, apenas a trece kilómetros de la boca hirviente del Guagua, y, sólo cuando este volcán hizo una erupción de baja intensidad, deslumbrando al género humano que observó kilométrico hongo gris ascendiendo a los cielos -cual sirvió para una fotografía perdurable-, tomó conciencia de que está residiendo en el cinturón de fuego de la Pacha Mama y que es un sujeto inerme ante los fenómenos planetarios. Por esos días se exportó la imagen del volcán haciendo una manifestación de fuerza que no llegó a mayores, pues, más allá de las molestias de la ceniza y el estado de alerta, naranja, en la metrópoli, los montañeses capitalinos pronto olvidaron el poder letal de los volcanes activos que dan gracia a los valles andinos.
A la idea de la fenomenal energía que puede detonar el Guagua -superado el susto que hizo unos días interesante el medio ambiente que rodea al ejecutivo de Ecuainforme S. A.-, le sucedió nuevamente el desamor al mundo salvaje y, sus sentidos, retornaron al servicio de la superficialidad de sus quehaceres arribistas. Eso del contacto espiritual con el “Todo” a través de viajes sufridos a las montañas era para los artistas del hambre, y él estaba ocupado con hacer el suficiente billete para su “retiro campesino”; escudándose en lo que no se cansaba de decir que es “hacer niñerías”, no salía de la ciudad ni para ir a esas hosterías rurales de lujo que le recomendaba JP en aras de tomar buenos aires con una moza bonita. No requería de áreas verdes para montar su farsa de amor campero en su residencia capitalina, rehuyendo así a cualquier compromiso durable mediante las caricias que le prodigaban las ciudadanas que se prestaban gustosas a ese teatro pasajero disfrazándose de campesinas. Huía de lo que hubiese alimentado su imaginación de una, huía de este andar y ver que le infirieron los montañeses-montañeros, el que hoy está paladeando con ojos de águila posándose en suculenta raposa. Es formidable la aclimatación que su cuerpo goza este instante en la media montaña, sus pulmones se han ensanchado tanto desde la primera excursión que hizo al Guagua. Le da alegría, orgullo y coraje, el contrastar el deplorable estado físico del bípedo callejero de ayer con el saludable físico del hominino senderista de hoy. Siente placer acordándose de cómo apenas bajándose del todoterreno se metió prisa por subir, y caminó quince minutos hacia arriba y se quemó sin alcanzar siquiera a posar la vista sobre la caldera hirviente del Guagua, cuando creyó que de golpe podía dar grandes zancadas -“cual ejecutivo buscando el ascensor”-, y a poco se derrumbó bajo el látigo del soroche. Esta mañana, en su segundo encuentro con la línea que une a Los Pichinchas, viene pletórico de fuerzas, hasta se dio el gusto de hacer cortas progresiones sobre el ondulante pajonal y, con Pincho –el can con el que mutuamente se hicieron ascos en su primer encuentro volcánico-, ya se prodigan una amistad de iguales.
Kantoborgy, Pincho y Lester González, se reunieron al tope del mullido y blanco arenal que baja a occidente partiendo de las murallas grises que han formado las rocas erosionadas del estratovolcán, siendo el último paso dentado antes de tomar el arenal que sube a la cresta azulada del Rucu. Ellos se arroban al abrigo del atalaya que alternativamente vigila el valle del Ensueño y el espolón occidental del Rucu. Kantoborgy no esconde sus ganas de echarse sobre la suave y tibia arena de ese remanso llamándole a gozar de las lejanías como si estuviese contemplando desde el palacio de Galadriel; ya saborean sus ojos la playita que lo invita a irse con los filos de la gradiente andina descendiendo a la sabana costanera, ya presiente que el calorcillo de altitud quiere darse un abrazo con el sudor de los trópicos del océano Pacífico.
-Acomódate como más te agrade y convenga, amigo Lester; descansa nomás, tenemos horas de sobra para disfrutar de la mañana… ¿Qué te parece esta playita de altitud; es digna de la imaginación de Lovochancho, o no? –inquirió, ameno, Kantoborgy.
-¡Cómo no!, ya que me hallo curado del espanto y la estridencia citadina puedo sentirlo así. Ayer, Lovochancho, me hablaba de cuadros semejantes a este cuando yo ni siquiera era capaz de admirarme, desde los ventanales de mi piso panorámico, con un aguardiente de las verdes matas adentro y hundido en la placidez de mi sillón favorito, de un atardecer veraniego cerniéndose sobre Los Pichinchas. Por eso no sabía de que iban sus ficciones lanzadas al ciberespacio y creía que para ver en ellas tenía primero que mandarme un alucinógeno, y todo debido a que me daba miedo a encontrarme a mí mismo mediante ese lenguaje que me había obstinado en despreciarlo por eso que ya sabes de la larga lucha que dio el memorioso “chico silencio” para conquistar el olvido del triple-ingeniero… Es cierto, uno aquí, en soledad, puede imaginar lo que uno desea. Sí, yo así lo quiero enfocar a este vallecito ahora, y veo que estamos ante una transmigración de una caleta del Caribe a una playita a 4.600 metros sobre el nivel del mar… A propósito de visiones, ¿no sé si viste a ese perro bajando por el arenal de la cumbre del Rucu; me pareció un lobo enorme, qué clase de bestia será ésa? -replicó, interrogando a su vez, Lester González; ya tomando posesión de su espacio para relajarse sobre el rellano de arena, apoyando la espalda en una mata de paja se solaza con Pincho que se revuelca gruñendo de placer.
-¡Ya somos dos que lo hemos visto, e igual a mí se me antojó dibujarlo como un lobo blanco con una cabezota de roedor! -exclamó Kantoborgy hilarante, y añade dirigiéndose a Pincho-: Éste parece que todavía no ha percibido a su congénere, probablemente el olor de ese can se disperso con el aire que sopla hacia el norte. En todo caso, es mejor que no llame la atención de la nariz de Pincho si lo que observé es mismo un cánido enorme...
-Cierto, no… Date cuenta si ese animal resulta ser el macho imponente que ambos coincidimos en imaginar de lejos, podría armarse una batalla canina de impredecibles consecuencias –acotó Lester González.
-Sí, por eso tomé la decisión de esconderme bajo el castillo y no seguir por el escarpado arenal hacia la roca cimera del Rucu; me hizo recapacitar Pincho, su condición de alfa-más lo hace ser dominante, y si el otro perro es de la misma casta se trenzarían a mordiscos, quién sabe precipitándose en los abismos –repuso Kantoborgy.
-Esa criatura lo pone a especular a uno, ¿y si es nuestro yeti ecuatorial y no se trata de un perro? –aulló Lester a manera de chanza.
-Vayamos más lejos aún, suponte que sea un visitante interplanetario sediento de que lo investigue el profesor Duvolosky –asentó Kantoborgy haciéndose eco de las ganas de bromear del otro.
-¡Qué figura es nuestro ufólogo Duvolosky! –continuó divertido Lester González, mientras en el valle del Ensueño resuena el mentado “¡investíguelo!”, ese que suelta el profesor Duvolosky para no caer en discusiones extenuantes sobre sus creencias extraterrestres-. Te acuerdas que antes se ponía furioso cuando recibía la crítica de los incrédulos, los tales que rechazan la existencia de inteligencia extraterrestre; ahora ya no se hace problema, se protege bien contra los que dudan del fenómeno alienígena pidiéndoles que no lo nieguen ni lo afirmen sino que lo investiguen. Lástima que no es político, ¡sería un gran político!... Tú que eres asiduo huésped del domo de El Panecillo, ¿por fin le invitaron a conocer sus instalaciones dionisiacas al ufólogo o todavía prosiguen cerradas sus puertas para el tal?
-Escuché…, -¿o fue una alucinación?-, a la viva voz de Olegario Castro que le dijo al profesor tenga paciencia, que cualquier momento se le abrirá ese arcano para que investigue a placer dentro de él –asentó festivo Kantoborgy, pues, le divierte todo lo que atañe a esa obsesión que tiene Duvolosky por el misterio que encierra el domo de El Panecillo.
-Me enteré que la curiosidad del ufólogo se exacerbó a partir del “lanzamiento” del fenómeno ES, en las ondas largas de radio Marañón, cuando el profesor Duvolosky hizo públicas sus reservas sobre lo que realmente se conoce y se encierra dentro de la morada del andinista radiodifusor –dijo Lester y añade parodiando al profesor-: “Le he pedido, muy comedido, al señor Olegario Castro, que me reciba en el domo de El Panecillo con el fin de cruzar información pertinente a la cuestión alienígena, pero de forma sistemática ha sido rechazada mi solicitud remitiéndome éste un silencio sepulcral. Más allá de que puedo intervenir con libertad, vía telefónica, en las ondas lechuceras de Marañón, continúo esperando se me invite a pasar al misterio que guarda dentro el domo de El Panecillo, del que se mantiene a prudente distancia a los intrusos mediante el ¡detente! que lo hace inexpugnable. Si uno traspasa el círculo de seguridad de la nave… –a veces, el mismísimo Olegario Castro, así la da en llamar a su morada- es presa de las contracciones que provoca la risa loca; el ¡detente! hilarante del escudo psicológico impide así el ingreso de extraños a los cuartos del domo de El Panecillo, haciéndonos retroceder con prontitud, entre sonoras carcajadas, que no provienen sólo del excluido sino de las personas que están ahí presentes curioseando y celebran la cosa como si ellos fuesen los autores del chasco. Olegario Castro no me deja entrar a esa edificación futurista, para cerciorarme con mis propios ojos de que no fue levantada con tecnología extraterrestre...”.
-Carajo, amigo Lester, celebro que hayas retomado tus dotes histriónicas de antaño, hablas igualito al profesor Duvolosky, así como cuando remedabas al Aqueronte… Ahora que, Olegario Castro, sí aclaró en las mismas ondas lechuceras de Marañón su posición frente al fenómeno ES, dijo cosa muy parecida a esto: “A quien le concierna…, yo no afirmo ni niego el testimonio Espaciales Saponáceos, pero tampoco lo investigo para nada, eso sí simpatizo con esa versión amazónica de lo extraterrestre por la belleza que su relatora le imprime, ¡Dios bendiga a la mujer danesa!…” –concluyó, Kantoborgy, poniendo jocoso énfasis en lo de la exaltación que hace Olegario Castro de la herpetóloga Jitte.
Los tres mamíferos se adormecen con el perfume de Afrodita celeste que despide el vallé del Ensueño, éste los ancla en los aires femeninos que brotan de los verdes humedales perdiéndose con el recodo de la vertiente que desciende a la costa. Se mecen en los cálidos aromas del océano Pacifico subiendo a la playita de altura. Olores cautivantes penetran por las rendijas del soleado castillo. Kantoborgy sonríe figurando por acá a Lovochancho; éste no se resistiría a soñar y hundirse en la brisa venusina olvidándose de cualquier reto cimero, y le daría por aullar regodeándose con el eco de la montaña: ¡Dulcinea..., Dulcinea! ¿Dónde estás? Menos mal que no está aquí con ellos el matemático guangopolero, cómo se hartaría grabando para sí el óleo diletante del “supremo escalador” junto al triple-ingeniero y Pincho, los tres rendidos al prurito de contemplar los verdores andinos bajando por la gradiente que desemboca en la carnosidad de los trópicos.
Kantoborgy envió mensajes al ciberespacio de Lovochancho, invitándole a éste a hacer la vía occidental del Rucu Pichincha, pero no hubo respuesta desde las faldas del luminoso Ilaló, donde habita el hombre al que le pagan por hacer estadísticas sin salir de su nicho arbóreo. Sospecha que a Lovochancho le entró deseos de variar y se fue al Sincholagua, “solito y de vivaque”, tal como venía amenazando que lo iba a hacer para después atacar al monte Corazón desde la vetusta estación ferrocarrilera de Aloasi Alto. Así también a Lester González le dio por subir a este remanso en vez de agarrar sendero abajo rumbo al valle de Lloa, yéndose en contra de su máxima “arriba no hay nada”, y se halló con la realidad de este remanso de altitud. Mientras que a Pincho le agarró por suspirar, tendido en la arena, por una Dorotea cuadrúpeda y no darse por enterado de que hay otro can merodeando en estas soledades, posponiendo el encuentro con lo impredecible. A él, Kantoborgy, con el pretexto del lobo con una cabezota de cuy que imaginó descolgándose de la cumbre, le entró el deseo irreprimible de dormitar sobre la arena que este instante la siente tan blanca, tan caliente y harinosa. Se regocija por haber desistido de subir por el lúgubre arenal cimero, su castillo ya tiene únicamente ventanas y balcones para el valle del Ensueño, esta playita lamiendo sus murallas lo invitó a rendirle tributo a la salida de engorde.
Por el desnivel a la costa, en los flancos de las montañas, se suceden retazos de bosque primario andino contrastando con el suelo pantanoso que yace en la hondonada simulando una firme alfombra verde. Esos cuadros vegetales del valle del Ensueño son hermosos para percibirlos a la distancia; hundirse en ellos es otro sufrir, andar por el medio de esa exuberante biodiversidad más que agotador es pasmante debido al efecto de los vapores narcóticos que sueltan los humedales.
Pincho, de súbito, se inquieta como saliendo de una pesadilla canina, emitiendo gemidos de ansiedad se para en sus cuatro patas y ventea estirando el cuello hacia arriba; todo él, de las orejas a la cola, se halla en posición de máxima alerta. Ya el ovejero se aleja en busca del irresistible aroma que lo atrae con dirección al valle. Kantoborgy relaciona que las feromonas, que el cánido ambulante debió dispersar en rededor del castillo, se hicieron realidad ante la nariz de Pincho con el mensaje químico pertinente. Haciéndole una seña a Lester González de ojalá no se arme un combate perruno, asume que el cuadrúpedo que los dos avistaron temprano no fue producto de una alucinación conjunta, y que, éste, no evitó un contacto con ellos, al contrario, los ha estado vigilando cada vez más cerca puesto que ya despertó la curiosidad de Pincho. Deduce que durante la siesta mañanera que se tomaron han sido observados atentamente por el cánido errante, de suerte que el contacto visual no tardará en efectuarse.
Kantoborgy y Lester González siguen los movimientos olfativos de Pincho, cual empezó a marcar sus feromonas aquí y allá. Tras unos minutos de tensión, los tres, al unísono, se paran de golpe para escuchar los tristes reclamos del can aún invisible. Kantoborgy reconoce por la voz del perro que no se trata de un ejemplar gigante como había imaginado sino que podría ser uno pequeño y sociable. Aliviado torna a ver a Pincho que parece haber encontrado la pista segura de su congénere y va a su encuentro, internándose por los matorrales, sin mostrar avidez ni belicosidad en su acción.
-Qué me dices, Lester, debe tratarse de un pequeño can extraviado… ¿Qué hacía en las alturas del Rucu el animalito infeliz, lo vi desprendiéndose de la roca cimera; quién sabe si subió con sus dueños por la cara oriental y repentinamente rodó por nuestro lado y se perdió de aquellos? –cuestionó Kantoborgy, presintiendo que algo emotivo iba a pasar cuando se enfrente a los ojos del perro que, involucrándose en su día, le dio un toque de sorpresa.
-Recién lo percibes como un can pequeño…, pero hace poco ambos coincidimos en pintarlo enorme cual lobo de la Siberia –sostuvo Lester González.
-Pronto sabrás que no me equivoco, es una cosa de perspectiva… De lejos puedes confundir fácil a un gato negro con una pantera, como le pasó alguna vez en el parque Metropolitano al Culincho Sutil… que sucede, sucede. A buen momento se te ocurrió subir, se te abren las puertas de la percepción en este valle del Ensueño –replicó Kantoborgy.
El ineludible contacto con el lobo blanco de cabeza de roedor se realizó; allí estaba agazapado, tiritando ante la incertidumbre de cómo iban a reaccionar los caminantes humanos y el can domesticado, pero con la suficiente entereza para jugarse su futuro de una vez. Finalmente el perro se presenta asaz disminuido en comparación con la soberbia imagen que regaló a los hombres a primer golpe de vista. Pincho, cola en alto, batiéndola amistosamente, rodea a su pequeño congénere. Kantoborgy sabe que no puede hacer otra cosa que abstenerse de intervenir, debe dejar interactuar a los canes por ellos mismos sino quiere arruinar el encuentro. Al cabo se enteran de que no se trata de un macho alfa sino de una joven hembra de cinco a seis kilos de peso frente a los cuarenta kilogramos de peso de Pincho. La chiquilla de a poco se fue desentumeciendo y entró en confianza con el macho que la revisó minuciosamente, sin dejar nada de su cuerpo bajo la lupa de sus sensores olfativos; tenía que cerciorarse que la hembra no estaba en el apogeo de su estro sino que ya había salido de ello. Igual, transcurrida la ceremonia de presentación, los canes, procedieron a prodigarse en una suerte de zalamerías mutuas que provocaron la carcajada de los humanos.
-Vaya buenamoza que tenemos aquí arriba; ahí donde la ves toda desgreñada por el trajín de su albur, ella se debe a una noble estirpe canina que data del siglo XV, sus ancestros provienen de las tierras altas de Escocia, es de una raza denominada Cairn Terrier –explicó con propiedad Kantoborgy.
-Castillos en las nubes, valles del ensueño, y ahora Pincho enamorado de una aristócrata que viene de las highlands del siglo XV, ¿qué más me va a dar esta mañana? –acotó risueño Lester González.
-Ahora toca ponerle nombre a esta dragoprincesa porque apellido ya lo tiene, ¿se te ocurre alguno?... –inquirió Kantoborgy.
-Este rato sólo tengo un apelativo para ella: ¡Fifiriche! –resolvió raudo Lester González.
-Sea… me agradó, entonces hagamos la presentación formal del caballero andino Pincho a la valiente dragoprincesa Fifiriche –contemporizó Kantoborgy.
-¿Y el apellido de la dragoprincesa, cuál es…, si es posible saberlo? –interrogó divertido Lester González.
-Fifiriche del Ensueño –replicó Kantoborgy, y, entusiasmándose con la idea de estar ante dos ejemplares de la aristocracia canina, añade alzando la voz-: Así te vamos a nombrar desde este segundo, y sabremos encontrarte un hogar donde no corras peligro con la feroz territorialidad de la hembra dominante de mi manada, Panda, que providencialmente no estuvo aquí. Fifiriche del Ensueño, te introduzco a Pincho II, mentado así en honor a su legendario tío, Pincho de San Agustín, quien perteneció al Saqueador de Quinara, el ausente doctor Teodoro Morris. Es menester enterarte que nuestro Pincho II, bajo el pedigrí que emitió en Malacatos el vate Alberto Vivanco, se lo denominó: Danus de las Verdes Matas, hijo de Vatigol de la Molienda de Dioniso, nieto del sin par Catón de los Arupos... Es decir, Fifiriche del Ensueño, te has topado con un personaje de abolengo como corresponde a tu alcurnia celta.
Más abajo, sobre la marcha, Kantoborgy, sigue dando pábulo a las cuestiones de rigor: ¿Qué le pasó a Fifiriche; cómo fue a dar a estos riscos siendo una perrita de familia, muy dependiente del género humano de urbe; acaso fue abandonada en la cara oriental del Rucu? Mejor es creer que ella resbaló para este lado, se extravío de sus dueños que subieron por el teleférico de la ciudad capital, y ellos este rato la extrañan y lloran su pérdida rogando que haya caído en manos samaritanas y no perezca de hambre en la montaña. Pincho se quedó atrás, bajando al paso sosegado de Lester González, no se interesó más por la hembra desde que constató que había pasado ya su estación de acoplamiento, y Fifiriche igual dejó de hacerle gracias a éste intuyendo que la decisión de sacarla de su extravío, en las fauces del Rucu, estaba a cargo del súper-alfa bípedo. Ella, usando su instinto de preservación, se ganó la voluntad de Kantoborgy poniéndose a trotar por delante de él, con una gracia y fluidez en su tranco montañero que denunciaba a sus antepasados celtas, le era innato eso de moverse bien sobre el piso rocoso e irregular de un volcán.
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