May 04, 2009 | Author: Juan Arias B Leído 1725 veces. [Invita amigos/ Mail to a friend]
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Kantoborgy barrunta en lo caprichoso que puede ser el hado, particularmente, cuando de escapadas de engorde se trata junto a su familia perruna y, por añadidura, incorporándose a la tropa mamífera el señor Lovochancho. Hoy madrugó más de lo acostumbrado; tratándose de este tipo de excursiones rápidas a la cordillera, suele calcular bien para que el sol se levante cuando ya esté con su comitiva adentrándose en las estribaciones menores del objetivo. Visitar al Ogro, el monte Quilindaña, es el objetivo que lo tiene viajando holgadamente a través de la noche.

Dejó su hogar con suficiente antelación, a las dos horas pasadas de la medianoche en la que Olegario Castro dio inició puntual, “como alemán”, a la jornada que mantiene alertas a los oyentes lechuceros de radio Marañón. Le entusiasma hacerlo ¿madrugar?...; mejor que eso, hace se desvele Lovochancho, aguardando que la jamelga todoterreno se estacione literalmente entre los cacareos sublunares de sus gallos de guinea, allí en el portal de la mansión arropada bajo las faldas occidentales del cerro Ilaló. Entre los dos montañeros, nada de timbrazos telefónicos con sendos mensajes “a lo hominino en movimiento parabólico convencional”; no está para éstos dos aquello de estoy saliendo, estoy acercándome, ya mismo arribo, ¡llegué! El invitado debe estar listo y empacado, con la mirada fija en el Ogro, y no dejarse llamar la atención con un bocinazo traducido como despierta perezoso y salta a la intemperie que estamos aburridos de aguardarte. A la fecha, es bastante con el aviso aullante de la jauría y, segundos después de que la camioneta se para en la morada de Lovochancho, la puerta se abre automáticamente antes que Kantoborgy piense siquiera en apearse de la jamelga. En esto de no hacer esperar a otro ni que lo dejen esperando a él, Lovochancho, es temático, y no se deja sorprender; poco le falta para estacionarse en el portal de su domicilio, en una suerte de vivaque al borde de las luces mortecinas del barrio amurallado, y así adelantarse al llamado de la manada. En su lar, Lovochancho, es el que pasma de la cola a la nariz a su amigo Pincho, haciéndole creer a éste que lo detectó a una legua como de verdad sí lo hace el can con su humanidad.

Tenía planeado, en principio, ir solo a las místicas lagunas del Quilindaña, pero atendiendo que generalmente los miércoles son para que se explayen sus canes en lo agreste -y con mayor peso después del salto mítico de Pincho al pie del filo de “Las cajetonas”-, decidió premiarlos con un banquete de tierras altas: agua lacustre, almohadillas de páramo, nubes, roca oscura y cielo mañanero en lo posible azur. Igual aprovechó la ocasión para invitar al matemático guangopolero, que dijo un sí rotundo al reencuentro con el Ogro y al disfrute que le brinda la visión de la jauría desatada. Asimismo, por un palpito de que puede darse un acercamiento con ese otro compañero y amigo de banca y pizarrón, le participó personalmente al triple-ingeniero, Lester González, que podía unirse a la excursión si así lo deseaba, y, más allá de que éste se excusó cordialmente de no poder atender la invitación que le hizo por una perentoriedad empresarial, dejó patente su voluntad de unirse a la siguiente salida. Que el triple-ingeniero manifieste su deseo de abandonar sus ocupaciones positivas un miércoles común, es una novedad sustancial.

-Ayudarlo a que se sacuda de su ensimismamiento material, a nuestro Lester González, alías el Chico Silencio, sería un triunfo sonado de tu terquedad, Kantoborgy. Vendría a ser un batatazo, aunque sea para que el susodicho salga únicamente a oler la montaña y se eche una siesta en el páramo, pegado a la camioneta para no olvidarse de que es racional a donde fuere –habló Lovochancho, ya rodando en la vía panamericana, animándose por la iniciativa de Kantoborgy de conectarse con el principal de Ecuainforme S. A., en aras de recrear la soberbia adolescencia que compartieron en la secundaria del Bernardo Valdivieso, siendo ellos tres parte de la gallada de seis individuos que formó el Aqueronte, la misma que el propio Aqueronte la desbandó tras los misteriosos acontecimientos de la expedición a las lagunas de El Compadre.

-Sentí, apenas nos topamos… ¿fortuitamente?, que el sujeto ha tocado techo o fondo en sus ambiciones positivas; no le queda más que bajarse de la cúpula del consumismo y ascender, partiendo de sus estribaciones menores, el monte Purgatorio –acotó Kantoborgy.

-¿Y éste subiría el monte Purgatorio lleno de piedras en el macuto ventemil o sólo cargando cien gramos de galletitas “Amor”? –interrogó divertido Lovochancho.

-O sea, ¿subir al estilo solitario (ultra-alpino) del filósofo Messner o al estilo montonero (mula-de-carga) de los de “al filo de lo imposible”?; ésa vendría a ser la cuestión ascensionista. Bueno, en este caso, tenemos antecedentes en el apogeo de la Edad Media; el Dante sentó jurisprudencia siendo el primero que lo ascendió en solitario y con lo puesto, ligero como un cavernícola –replicó Kantoborgy.

-Renacer, renacer, montado en un nuevo tiempo…, “¡pachakutik!” –aulló Lovochancho.

-Suena lindo, pero nadie le puede hacer a otro su “pachakutik”; él, solito, voluntariamente, tiene que implementar la empresa más dura de su tiempo: desprenderse de las capas de piel muerta que asfixian al otro, al original Chico Silencio… ¿Qué más, Lovochancho?

-Sabes, he venido elucubrando en mi propio monte Purgatorio, ese que está a la vista de todos los que ruedan por la panamericana y nunca lo ven, atravesando cual bólidos el nudo de Tiopullo…; sí, sí, este rato lo estamos rebasando al animal, allí está confundiéndose con la noche oscura.

-¿Te atormenta el reclamo del Corazón? ¡Tantos años sin acampar en su lúgubre testa! –observó Kantoborgy con la seriedad que amerita el reto de Lovochancho, pues, cada montañero, tiene a su medida una variante de la vertiente Rupal.

-Sí, ahí lo tienes, quiero hacer el retorno al Corazón, parecido a lo que podría decir el vate de los faiques de tierra rojiza, J. M. Riofrío: … voy en soledad, cargando mis dudas, como el rucio que sin saberlo alimenta el futuro fasto de la molienda de San Agustín.


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